Una entrevista sobre las emociones (Parte 2 de 4)

FGM: El hecho de que unas determinadas emociones hayan arraigado puede significar que han sido adaptativas para la especie humana, una de las tesis fundamentales de la psicología evolucionista. Ahora bien, yendo un poco más allá, ¿consideras que existe algún criterio, o criterios, que nos permitan distinguir las emociones buenas de las malas? ¿O entre un buen y un mal moldeamiento de esas emociones? Por el momento, me basta con que contestes desde la perspectiva de la psicología de las diferencias individuales, especialidad tuya.

RC: Tentativamente, los criterios podrían ser los siguientes.

Sufrimiento: se puede sufrir ostensiblemente cuando no se capta las emociones que los demás expresan o al fracasar cuando se trata de expresarlas. Si se experimenta sufrimiento, por muy subjetivo que este pueda ser, seguramente la gestión emocional está naufragando en un mar de confusión.

Desadaptación: alguien puede no relacionarse “normalmente” con los demás por causas vinculadas al proceloso mundo de las emociones. Si alguien nos expresa que no desea tener relaciones con nosotros, pero no captamos el mensaje, podemos encontrarnos desplegando un variado abanico de conductas propias del “loco de amor”, muy románticas desde cierto punto de vista, pero claramente desadaptadas. Tan desadaptadas que pueden llevarnos a cometer un crimen pasional en un arranque de impulsividad irrefrenable.

Violación de las convenciones sociales: desnudarse en una clase de Filosofía puede llevarse a cabo con la clara intención racional de expresar desinhibición emocional, pero sería una conducta extraña. Tanto el profesor como los compañeros pensarán que algo “raro” nos ocurre.

Falta de predicción y control: si, de un modo sistemático, la gente que nos rodea es incapaz de percibir cómo nos sentimos, algo anda mal. Si paso de la euforia a la depresión en cuestión de minutos, sin que haya un motivo aparente, quizá debería percatarme de que la gente que me rodea no sabrá a qué atenerse para interactuar conmigo de un modo sensato.

Irracionalidad: quedarse en pelota picada en la clase de filosofía no sería considerado una conducta especialmente racional. Seguramente tendré la poderosa sensación de que mostrar mis carnes de ese modo me convierte en un individuo capaz de expresarse emocionalmente con total libertad, pero ¿no estaré atentando contra la libertad de los demás?

Sorpresa del observador: la conducta está gobernada por una serie de reglas de convivencia, aunque no hayan sido publicadas en el BOE. Si tenemos por costumbre observar con mirada penetrante a nuestro interlocutor, independientemente de lo que esté diciendo, quizá sea razonable concluir que nuestra conducta no es demasiado “normal”.

Violación de las normas morales: las normas morales suelen ser convenciones sociales, pero no siempre. No expresar enfado golpeando al interlocutor va más allá de una pura convención social. Equivocadamente podemos pensar que expresarse emocionalmente conlleva llegar hasta las últimas consecuencias. Si esa idea nos pasa por la cabeza, quizá deberíamos pensar que algo anda mal en nuestro mundo emocional.

Naturalmente se pueden proponer otros criterios, pero no creo que sean demasiado diferentes en lo esencial.

Por otro lado, el término “moldear” las emociones no me resulta especialmente atractivo. Teniendo en cuenta las respuestas a algunas preguntas formuladas anteriormente, desde mi punto de vista la educación emocional pasaría por tomar conciencia de que a las personas no se las educa, sino que las personas aprenden.

Mis intentos de imponer un determinado modo de percibir y expresar las emociones esta abocado al fracaso si ignoro con quién estoy tratando. No puedo recompensar o castigar del mismo modo a distintas personas. Naturalmente, mi meta puede permanecer, a saber, que la persona perciba y exprese apropiadamente sus emociones, pero el modo de llegar a la meta puede cambiar sustancialmente dependiendo de cuál sea su temperamento. Es una realidad que, simplemente, debería tener muy presente.

FGM: Entiendo tus reservas y estoy de acuerdo en el papel fundamental de cada sujeto en la apropiación de las pautas de conducta que considera adecuadas. No obstante, parece ser que los sentimientos se moldean siguiendo unas pautas sociales. Hubo un tiempo en que los hombres no debían llorar, como hubo otras épocas en las que la expresión de los sentimientos estaba seriamente coartada. Quizá viste una bella película, Sentido y Sensibilidad, en la que se reflejaba esta situación. ¿No depende de ciertas convenciones sociales una parte de los sentimientos que expresamos y, por tanto, también de los que somos capaces de percibir? Estoy pensando igualmente en el duro entrenamiento al que eran sometidos los cuerpos especiales de las SS para eliminar sus sentimientos de empatía, procedimientos que, según mis datos, se siguen empleando.

RC: Naturalmente, las convenciones sociales están ahí y quizá se pueda afirmar que influyen en las cosas que hacemos y en aquellas que dejamos de llevar a la práctica. De todos modos, lo que está fuera de duda, para quienes observan su sociedad al menos con una cierta imparcialidad, es que la fidelidad con la que se acatan las convenciones sociales constituye un parámetro que se distribuye normalmente en la población: hay individuos que las siguen a rajatabla, también están quienes las siguen algunas veces si pero otras no y, finalmente, tenemos a quienes tienen por objetivo vital ir contra tales convenciones a cualquier precio.

Esta realidad debería hacernos pensar que, y siento ser reiterativo, no todo el mundo percibe, interpreta y expresa las mismas cosas ante la misma situación o convención. Esto es un hecho que, además, contribuye a explicar por qué se van produciendo cambios en las convenciones sociales que, en promedio, se dan por buenas en un determinado periodo histórico, pero no en otro. Funcionaría de un modo análogo a la selección natural en el mundo biológico, aunque sólo de un modo análogo.

En suma, mi propia posición, en este sentido, es interactiva. Cierto es que las convenciones sociales están ahí, escritas o implícitas, pero no es menos cierto que la manera en la que distintas personas interpretan tales convenciones difieren, de hecho, sustancialmente. Tengo para mí, por las evidencias de las que actualmente disponemos los científicos, que los cambios sociales que, un tanto apresuradamente, atribuimos a entes abstractos de naturaleza sociológica, en realidad provienen de la iniciativa de personas muy concretas que, actuando como líderes, sirven de modelo a otros ciudadanos, también muy concretos, que deciden proclamar “basta ya” y ponerse, por ejemplo, a llorar en público si les viene  en gana. La sociedad es la suma de sus partes y nada es sin ellas.

FGM: Sigo compartiendo el individualismo ontológico que planteas: al final nos las habemos con individuos concretos que adoptan decisiones también concretas, que pueden ser imitadas o no por otros individuos igualmente concretos. No obstante, esos entes abstractos de naturaleza sociológica parece ser que también tienen su específico estatuto de realidad, no reducible a las partes individuales que lo forman y parece también que inciden en nuestro comportamiento. La familia es algo más que los miembros individuales que la configuran, aunque sin estos no existiría, desde luego. Aceptando, por tanto, tu posición interactiva, que me parece sustancialmente correcta, ¿cómo interpretas la actual difusión y aceptación de publicaciones relacionadas con la inteligencia emocional y la gestión de las emociones? ¿Se podría considerar que existen en la sociedad actual algunas carencias sentimentales relevantes?

RC: Tu pregunta es demasiado compleja. Voy a comenzar con una anécdota que quizá sirva para preparar mi respuesta. Daniel Goleman publicó hace ahora 10 años su famoso libro Inteligencia emocional. El impacto, dentro y fuera de su país, sirvió de pistoletazo de salida a una tendencia verdaderamente impresionante, dentro y fuera de la comunidad científica, que reivindicaba el papel de las emociones en nuestras vidas. Sin embargo, es poco conocido el motivo que llevó a Goleman a preparar un libro que, por las razones que podríamos considerar más adelante, resulta bastante poco sólido.

Un año antes se publicó, también en los Estados Unidos, un libro que generó un considerable revuelo: La Curva en Campana. Fue preparado por un psicólogo, Richard Herrnstein, y un sociólogo, Charles Murray. Este texto describía una seria de evidencias que llevaban a la conclusión de que, en la sociedad occidental de finales del siglo XX, la inteligencia racional constituía un poderoso “determinante” de la actuación de los ciudadanos. Esa sociedad premia a los individuos más inteligentes, en el sentido clásico del término, mientras que el panorama para los menos inteligentes se presenta bastante borroso. El libro está repleto de matices, pero, en esencia, este es el mensaje: si potenciamos un modelo social en el que prima la igualdad de oportunidades, entonces es inevitable que los más inteligentes se aprovechen más de ellas. Además, debido a que la inteligencia, como otros atributos físicos y psicológicos, está influida genéticamente, entonces es inescapable que los genes contribuyan a explicar las diferencias sociales. Se podría decir que es una certeza matemática, parafraseando la sentencia lapidaria del ingeniero que construyó el Titanic sobre su inevitable hundimiento, poco después de colisionar con un iceberg en el mar del norte. Si las condiciones sociales no producen las diferencias que separan a unos ciudadanos de otros, entonces tales diferencias solamente podrán ser explicadas por factores de corte estrictamente personal, entre los que, naturalmente, se encuentran los genes.

El panorama descrito detalladamente por Herrnstein y Murray parecía tan desolador, que Goleman recibió el encargo de contra-atacar. Este último dio por hecho que esos autores estaban atacando el ideal de una sociedad igualitaria, cuando, realmente, se limitaban a formular la predicción más lógica si las condiciones sociales vigentes se mantenían. Frente a la inteligencia bruta, dice Goleman, lo que garantiza el éxito en nuestra sociedad es la habilidad para gestionar nuestras emociones de un modo inteligente.

Desde mi punto de vista, y también desde el de los científicos que han estudiado esta cuestión desapasionadamente, no existe tal contraposición entre la inteligencia bruta y la emocional. Si uno desea gestionar sus emociones de un modo inteligente, debe usar (parece lógico) su inteligencia. El problema es que en los casos más extremos, es decir, aquellos que resultan especialmente desadaptativos, la inteligencia bruta puede resultar insuficiente para solventar la situación. Es poco probable que podamos convencer a alguien, mediante las estrategias terapéuticas con las que cuenta un psicólogo, para que después de agredir a su hijo durante seis años, deje de hacerlo.

Como es natural, también contamos con casos en los que la persona puede incluso sobrellevar una grave esquizofrenia. Seguramente recordarás la historia del largometraje “Una Mente Maravillosa”. Tras pasar por una serie de episodios psicopatológicos extremadamente desadaptativos, el protagonista termina por controlar sus delirios. ¿Por qué lo consigue? Según mi propio análisis, consigue mantener bajo control sus episodios precisamente por su extraordinaria inteligencia bruta.

En suma, se puede tratar de gestionar de un modo inteligente las emociones, pero las emociones no quieren ser gestionadas. Las emociones no se eligen, sino que se contraen, como la gripe. De ahí que, en cierto modo, los mensajes de Goleman y autores similares puedan ser considerados engañosos, aunque, eso si, se trata un engaño bienintencionado. Ojalá pudiéramos decidir la emoción que deseamos sentir o expresar. Ojalá pudiéramos tener la certeza de que un mensaje repetido hasta la saciedad en los medios de comunicación lograría convertirnos en seres pacíficos, comprensivos y compasivos. Pero los seres humanos no somos así. Siempre hay casos y casos, lógicamente. Pero se trata de verdaderas excepciones.


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Una entrevista sobre las emociones (Parte 1 de 4)

Hace algo más de una década, mi colega y amigo Félix García Moriyón, me hizo una entrevista sobre las emociones. Voy a reproducir ese contenido aquí, pero por entregas. Vivimos una época en la que exponer distintas visiones sobre determinados supuestos puede llegar a ser relevante. A medida que lean comprenderán por qué. O eso espero.
  
(Publicado originalmente en ‘Diálogo Filosófico’, Año 21, Mayo/Agosto, II/2005, páginas 223-240)

Félix García Moriyón: Sin duda, el tema de las emociones y sentimientos está teniendo una amplia acogida en la sociedad actual. Basta con ver los anaqueles de las librerías generalistas, en especial los dedicados a la autoayuda y prácticas afines. Si bien volveré sobre esta moda más adelante, me gustaría comenzar con una pregunta sencilla: ¿Existe en estos momentos un acuerdo suficiente entre los psicólogos en lo que entienden por sentimientos y emociones? ¿Cómo se definen ambos en estos momentos?

Roberto Colom: Raymond Cattell distinguió hace muchos años entre ergios y sentimientos. Los primeros constituyen tendencias innatas de actuación, tales como el temor, la sexualidad, el gregarismo o la lucha. Los segundos son resultado de la inversión cultural de los ergios; algunos ejemplos son el sentimiento religioso, el conyugal, el profesional o el comunitario. Esta distinción es consistente con la idea de que los sentimientos están fuertemente anclados en nuestra biología ancestral, pero también con la necesidad de considerar el contexto cultural en el que nos ha tocado vivir. Precisamente por situarse en esta zona media entre biología y cultura me parece una propuesta especialmente interesante sobre los sentimientos humanos, aunque debo confesar que otros psicólogos pueden discrepar.

En cuanto a las emociones, tu pregunta acierta al señalar que están de actualidad. La psicología ha estudiado extensamente el papel de las emociones: cómo las expresamos e interpretamos, o como las encajamos en nuestra personalidad. Durante décadas, las emociones han sido tratadas como un componente independiente de nuestra racionalidad. De hecho, se consideraba que las emociones debían simplemente mantenerse bajo control para poder actuar racionalmente. Sin embargo, en los últimos años parece cobrar protagonismo la visión de que razón y emoción forman parte de un mismo sistema. En otras palabras, podemos estudiarlas independientemente, pero se ha de tener muy presente que interactúan de un modo sistemático para entender por qué los humanos actuamos como lo hacemos.

Sin embargo, mi visión es bastante pesimista. Sentimientos y emociones dependen fuertemente de mecanismos que escapan al control racional. Son, por decirlo directamente, componentes primitivos de nuestra personalidad que se distribuyen normalmente en la población. Por pura probabilidad, habrá personas muy temerosas y nada temerosas, individuos adictos al sexo y ajenos al intercambio de fluidos, gregarios y asociales, o creyentes y ateos. Entre ambos extremos nos situaremos la mayor parte de los mortales, con niveles que giran en torno a una media, pero no idénticos. Estas tendencias difícilmente se pueden controlar racionalmente. El único modo de lograrlo es emplear mecanismos igualmente primitivos que contra-resten las tendencias iniciales.

Desgraciadamente, entre estos mecanismos no se cuenta nuestra racionalidad.

Un ejemplo de lo que trato de expresar proviene del campo de la delincuencia. Un caso especialmente dramático es el maltrato familiar. Difícilmente se puede afirmar que la sociedad fomenta conductas de esta naturaleza de ninguna manera. Muy al contrario, cada vez existen más campañas destinadas a la eliminación de esta lacra social. Sin embargo, el número de casos no remite. ¿Qué sucede? Una explicación probable radica en mi declaración anterior: no se puede combatir los accesos emocionales con la razón. Sencillamente ese no es el camino, aunque debo confesar que puedo estar equivocado.

Psicólogos como Hans Eysenck o David Lykken sostuvieron que la prevención de la delincuencia exigía instaurar una conciencia pro-social en los individuos cuando todavía estábamos a tiempo, es decir, durante el proceso de socialización. Y las vías para hacerlo en ningún caso suponían el empleo de la razón, sino procesos tan elementales como el condicionamiento clásico: una conducta antisocial debían ser castigada de modo contingente, de manera que ante la tentación de volver a expresarla, el individuo experimentase ansiedad como un anticipo al posible castigo.

FGM: Si bien no me ha quedado del todo clara la distinción entre emociones y sentimientos, en el supuesto de que haya alguna, me interesa centrarme más en lo que planteas respecto a la educación. En cierto sentido pareces mostrarte tan escéptico como Aristóteles quien consideraba difícil, si no imposible, proporcionar una educación moral a las personas que padecían incontinencia pasional o akrasia, mucho menos apelando a la razón. Tú pareces apoyar la necesidad de un aprendizaje temprano más próximo al condicionamiento clásico y/o instrumental. ¿Qué significa exactamente que debemos reforzar de modo contingente determinadas conductas? Por otra parte, ¿qué relación guarda esto con otra propuesta tuya en la que dabas mucha importancia a la gestión inteligente de las emociones?

RC: Mi hija puede desear fervientemente el CD de Avril Lavigne que me acaba de regalar mi esposa, pero no lo hace porque sabe que la castigaré. Cuando se imagina cogiendo mi CD predice (correctamente) que, si me entero, no podrá salir el sábado por la tarde con sus amigas. Opta entonces, inteligentemente, por pedirme permiso. ¿Por qué predice que será castigada? Porque sabe que si la pillo, lo haré sin contemplaciones, como ocurrió en una anterior ocasión con el CD de Pat Metheny que me sustrajo aprovechando que estaba en el gimnasio.

Sin embargo, si mi hija fuese poco temerosa y, además, impulsiva, me costaría más trabajo y tiempo lograr que sintiese ansiedad ante la tentación de birlarme el CD durante mi ausencia deportiva. Pero lo conseguiré si persisto.

El proceso de convertir a mi hija en una persona que sea capaz de gestionar sus emociones de un modo inteligente consiste precisamente en (a) averiguar cómo es, cuál es su temperamento y su carácter, (b) actuar de modo consistente en aquello que le está permitido hacer y en lo que bajo ningún concepto debe llevar a la práctica sin mi permiso y (c) saber que si mi hija es poco temerosa, impulsiva, agresiva o extravertida no deberé actuar como padre igual que si es muy temerosa, controlada, pacífica o introvertida.

Convendría olvidar la vieja, pero extendida, idea de que existe una receta para educar en una gestión inteligente de las emociones o los sentimientos. Es falso. Cada niño presenta su propio carácter y quien va a educarle debe tener esta patente realidad muy presente. Si castigamos reiteradamente a un niño temeroso, con el tiempo lograremos convertirle en un neurótico. Si evitamos castigar a un niño poco temeroso, terminaremos conviviendo con una versión doméstica de Al Capone.

FGM: En cierto sentido, parece ser que complicas algo más la educación de los sentimientos, convirtiéndolo casi en un arte, en el que la atención a las exigencias de cada caso concreto es fundamental. Dejemos por el momento la educación sentimental y volvamos al tema central. Tú mismo acabas de decir que son componentes primitivos fuertemente arraigados en la biología. ¿Crees que los trabajos de los psicólogos evolucionistas, como Buss o Pinker, está aportando ideas importantes para la comprensión de los sentimientos? ¿O es un enfoque que sirve para todo y termina no explicando nada?

RC: “Los genes entonan un canto pre-histórico que en el momento presente se puede re-escribir, pero que, en cualquier caso, sería estúpido ignorar”. Así terminan el Profesor Thomas Bouchard y sus colegas un artículo escrito para la revista Science en 1990 sobre el proyecto para el estudio científico de los gemelos criados por separado, patrocinado por la Universidad de Minnesota.
No estoy seguro de que la psicología evolucionista nos brinde importantes ideas sobre los sentimientos y las emociones, pero si de que puede ayudarnos a entender por qué sentimos y hacemos determinadas cosas. Quizá tres ejemplos sirvan para justificar esta declaración.

Se ha demostrado que los varones propenden a valorar negativamente la posibilidad de que su pareja tenga intercambio sexual con otros hombres, mientras que las mujeres valoran negativamente la posibilidad de que su pareja tenga intercambio emocional con otras mujeres. En situaciones de laboratorio se ha registrado la actividad psicofisiológica que denota tensión ante escenas en las que un varón “se implica emocionalmente con” una mujer distinta a su pareja habitual y ante escenas en las que una mujer “se acuesta con” un hombre distinto a su pareja habitual. Los resultados señalan que los varones reaccionan con signos de tensión cuando la pareja se implica sexualmente, mientras que las mujeres reaccionan con signos de tensión cuando la pareja se implica emocionalmente.

El segundo ejemplo se refiere a los bien conocidos kibbutz en Israel. Estas granjas comunales se diseñaron bajo unos principios de igualdad radical. El trabajo se distribuía paritariamente entre los sexos, se desmontó la familia por su influjo tradicional y conservador, se desalentó el matrimonio y los niños no vivían con sus padres, sino en centros comunitarios. El kibbutz, más que la familia, era el centro del sistema de valores del niño. Hubo un empeño en que la mujer participase del gobierno del kibbutz y dejase de preocuparse por cuestiones tradicionales como los adornos personales o los vestidos.

¿Dónde terminó este extraordinario esfuerzo de ingeniería social?

Tras varios años, los varones acabaron realizando el trabajo agrícola y las mujeres las tareas de servicio doméstico. Ellas rara vez asumían roles de liderazgo y optaban por ocuparse de los asuntos familiares. Cuando comenzó la experiencia, ellas se referían a sus esposos como “mi amigo” o “mi hombre”, pero años después “mi marido” era la expresión favorita. Se produjo un retorno a la boda pública y tradicional, y, además, el divorcio se veía con malos ojos. Uno de los cambios más drásticos consistió en decidir asignar recursos públicos al consumo privado de las parejas casadas y no al consumo colectivo en las instituciones comunales, como se pretendió originalmente. Madres y padres echaban abiertamente de menos a sus niños, al tener que criarlos en los dormitorios comunales y tardaron poco en solicitar que su crianza tuviese lugar en el hogar familiar cerca de sus padres naturales. Los pioneros creyeron que las actitudes y tendencias sexuales estaban culturalmente determinadas, de modo que pensaron que si los niños fuesen criados en un medio permisivo e ilustrado, con ellos y ellas viviendo juntos desde el momento del nacimiento, familiarizándose con los cuerpos de unos y de otros y mirando la desnudez como algo natural, entonces la exhibición de los órganos sexuales no produciría vergüenza, ni otra reacciones “conservadoras”. De este modo, niñas y niños fueron educados usando los mismos lavabos, se desvestían en el mismo espacio, transitaban desnudos por los dormitorios y se duchaban también juntos. Sin embargo, el sistema mixto funcionó hasta que las niñas alcanzaron la pubertad, momento en el que ellas expresaron sentimientos de vergüenza al ser vistas desnudas por los chicos, llegando a rebelarse contra la normativa, insistiendo en ducharse por separado y desvestirse en privado. Se tuvo que dar por concluida la experiencia de las duchas mixtas y los dormitorios tuvieron que separarse.

El último ejemplo se refiere al temor ante situaciones objetivamente amenazantes. Imaginemos que nos sentamos cómodamente en una silla y un investigador coloca un electrodo en nuestra mano izquierda y otro en nuestra mano derecha. A través de unos auriculares nos avisan de que la voz de Iñaki Gabilondo iniciará una cuenta atrás desde 10, como en los lanzamientos de naves desde Cabo Cañaveral. El electrodo derecho registra nuestra respuesta dermogalvánica (RDG), mientras que el izquierdo está ahí para propinarnos una desagradable descarga eléctrica cuando Iñaki llegué al número 0 en su cuenta atrás. Invariablemente se comprueba que nuestra RDG va creciendo progresivamente conforme Iñaki se acerca al 0. Sin embargo, si resultase que somos la viva imagen del personaje de Hollywood conocido como Aníbal Lecter o si, llegado el caso, dedicásemos nuestra vida profesional a apagar fuegos, entonces nuestra RDG permanecería plana a medida que Iñaki desciende hasta el 0. Lecter y los bomberos comparten un temperamento que les lleva a no expresar temor subjetivo a través de la RDG. Algunos científicos han mantenido que los individuos con este temperamento caracterizado por el bajo temor ante situaciones amenazantes, son versiones actuales de aquellos antiguos cazadores capaces de enfrentarse con éxito a terribles alimañas del pleistoceno. Sucede que este temperamento puede expresarse de un modo pro-social o anti-social. Que gane una u otra vía de expresión del mismo temperamento depende de los mecanismos de socialización vigentes en un determinado momento histórico.

En suma, la psicología evolucionista nos invita a percatarnos de que nuestro pasado como especie no se puede ignorar. Es insensato declarar ingenuamente que la cultura es todopoderosa. Sin embargo, eso no implica que no podamos moldear muchas de nuestras conductas, sentimientos y emociones, recordando, eso si, que es mejor conocer que ignorar.

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432 Hz y la música de las esferas –por José Ignacio (Iñaki) Ascacibar

La apreciación del sonido es algo subjetivo. No sólo porque a unas personas les guste más el rock o los corridos mexicanos, sino porque la frecuencia que asociamos con cada nota musical, si es un poco más grave o aguda, es algo arbitrario.

Nuestro oído puede distinguir la relación entre dos sonidos, y cantar el DO de la siguiente octava o la tercera mayor de una nota dada, pero existen pocas personas con “oído absoluto” o la posibilidad de cantar una nota sin ninguna referencia previa.

Para dotar de un marco estable a la música, desde hace tiempo se ha utilizado como patrón la nota LA de la tercera octava, aunque a lo largo de la historia cada orquesta utilizaba un tono de afinación diferente, incluso en tiempos modernos; desde 390 Hz de algunos órganos del siglo XVIII, hasta 456 Hz de los afinadores de pianos en el XIX.

En 1953, el congreso de la Organización Internacional de Normalización (ISO) fijó para todo el mundo la frecuencia del LA a 440 Hz. Esta propuesta fue presentada por técnicos de radiodifusión, que preferían utilizar una frecuencia fácil de obtener con los osciladores de la época, pero el hecho de que previamente el ministro de propaganda Goebbels hubiera establecido esta norma en Alemania, y que la norma se impusiera contra el criterio generalizado de los músicos franceses que defendían la afinación a 432 Hz, fue en su momento motivo de discusión y rivalidad entre países, y actualmente sirve para mantener viva esta discusión entre los amantes de lo exotérico y las teorías de la conspiración.

Usar un valor u otro no debería ser mejor ni peor. La música sonará algo diferente (luego analizaremos esto con más detalle) y al ser algo subjetivo algunas personas dirán que les gusta más, pero buscar justificaciones en que los 432 Hz están en fase con la frecuencia de la Tierra, con la doble hélice del ADN o las ondas cerebrales, no tienen la más mínima justificación científica. Afinar a 432 Hz no hace que las notas tengan “más armónicos”, ni vibran con la sección áurea PHI, como en otros medios más “científicos” se intenta justificar.

Para ser políticamente correctos, aceptamos que la música suena diferente, pero ¿Es esto realmente cierto? O al menos, ¿Es la afinación en una u otra frecuencia el factor más importante para esta diferencia?

La música, como todos los sonidos que percibimos, llega a través del aire desde los instrumentos (o los altavoces) a nuestro oído. Allí se transforma en impulsos eléctricos que viajan al cerebro donde la comprendemos y disfrutamos. Dejando el tema de la interpretación que hace el cerebro de estos estímulos para profesionales mejor capacitados, asiduos de este foro, el transporte físico de la información entre el instrumento y nuestro oído no está libre de otras variables que afectan a las características del sonido, y a la frecuencia del mismo en particular.

El sonido es una onda, que se propaga por compresión y expansión del medio donde se desplaza, y cuya frecuencia y longitud de onda están relacionadas con la velocidad de transmisión. En medios densos como el agua el sonido se transmite más rápido que en el aire, y en el espacio no lo hace ya que en el vacío no hay nada que se pueda comprimir.

Velocidad = frecuencia . longitud de onda

Tomando el ejemplo de un diapasón, como el que se usa para afinar los instrumentos, la longitud de onda es un dato geométrico que está relacionado con la longitud de la rama que vibra, donde lo golpeamos para que suene mientras sujetamos el extremo opuesto. Prescindiendo de pequeñas variaciones de dilatación o errores de fabricación, es un dato constante.

La velocidad del sonido en el aire, por su parte, depende de las condiciones ambientales. En la atmósfera standard, a nivel del mar, 20°C y 50% de humedad, es de 343 m/s, pero varía apreciablemente con la densidad del aire y la temperatura, y puede oscilar entre 337 m/s (a 10°C y 0% de humedad) y 346 m/s (a 30°C y 100% de humedad). La altura también influye en la densidad y con ello en la ecuación, aunque en los niveles donde el hombre se mueve normalmente, este efecto no es tan importante.


Considerando que el diapasón con el que estamos afinando los instrumentos es el mismo y, por tanto, la longitud de onda es constante, las diferencias en la velocidad del sonido harán que la frecuencia percibida en el oído sea diferente en cada lugar –en el caso de que sea una grabación, habría que sumar el efecto de las condiciones atmosféricas durante la toma del sonido, y el de la reproducción. Podría ocurrir que ambos se cancelen o que se refuercen para dar una diferencia mayor. Así en un lugar alto, frío y seco tendremos una frecuencia de 430 Hz, mientras que a nivel del mar, con calor y humedad llegará a 442 Hz.

Dependiendo donde estemos y las condiciones atmosféricas de cada lugar, la música que escuchamos tendrá un rango de variación en la frecuencia y el tono de las notas que es mayor a la diferencia entre los que defienden una u otra frecuencia de afinación.

Si usted quiere oír la música de las esferas, sólo tiene que ir a un lugar alto en un día frío para hacer vibrar su ADN con la frecuencia de la Tierra.


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Tecnología, cerebro y capacidades humanas (Parte 3 de 3)

La única forma de compartir recuerdos de verdad es en 3D

Simple y llanamente, recordamos en 3D.

La información relevante del mundo que nos rodea está almacenada en nuestro cerebro. Cuando rememoramos algo, nuestro cerebro reúne esa información y reconstruye lo que vivimos en su momento tal y como fue, o cómo creemos que fue, pero siempre en 3D.

Así que la ecuación es sencilla. La única forma de compartir recuerdos, de verdad, supone recurrir a un formato 3D. Lo demás son pálidos reflejos de lo que realmente fue.

Recordamos mucho mejor la información que se ajusta a un modelo 3D como el que trabaja nuestro cerebro. Lo que se puede recordar de modo inmediato se relaciona más claramente con la representación 3D. Aprendemos antes a cambiar un grifo viendo cómo lo hace un fontanero en cinco minutos que estudiando durante horas un completísimo manual.

El abanico de preguntas que se abre es riquísimo.


¿Una madre se emocionaría más viendo la foto de su hijo en 3D que en 2D?

¿Un soldado, o un futuro piloto, podría vivir un entrenamiento más efectivo en entornos 3D que en entornos 2D?

Percibimos en 3D, pero también almacenamos y recordamos en 3D.

Los científicos han observado que se usan las mismas neuronas del cerebro para el procesamiento de objetos y para el almacenamiento a largo plazo de la representación de esos objetos.

Cuando se imagina una escena se aprecian patrones de activación similares en la corteza temporal ventral a los observados cuando se experimenta directamente esa escena. Esta es una de las bases de la denominada memoria episódica, el registro de los sucesos vividos.

Esa memoria episódica almacena vivencias experimentadas en un mundo 3D. La memoria episódica supone almacenar y recordar hechos concretos. En contraste, la memoria semántica conlleva almacenar y recordar conocimientos sobre el mundo en el que vivimos, generalmente con esfuerzo.

Recordamos lo que experimentamos y recuperamos los recuerdos utilizando fragmentos de esas experiencias como una clave para rescatar el conjunto en 3D. Solamente se aprende lo que se recuerda, lo que tiene significado para la persona. Por eso, recordamos el 90% de lo que hacemos, el 75% de lo que vemos y el 20% de lo que oímos.

Diálogo

P: ¿Cuál es la relación entre el hecho de percibir el mundo en 3D y la memoria?

R: Permíteme ser un poco retórico preguntándote yo ¿cómo prefieres aprender a jugar al tenis, leyendo un manual --con o sin fotografías-- o con un profesor en el campo?

P: ¿Tiene truco la pregunta? Es obvio que optaré por la segunda opción.

R: Es natural. Y sí, la pregunta tiene truco. No es infrecuente asumir que leyendo un manual seremos capaces de hacer muchas cosas: montar un mueble, manejar un ordenador o aprender a nadar, por poner algunos ejemplos.

Los distintos medios que usamos para comunicarnos, para compartir conocimientos y experiencias, sirven para lo que sirven y es insensato pedirles algo para lo que no están preparados.

P: ¿Dónde quieres ir a parar?

R: A que debemos estar abiertos a la posibilidad de que por el hecho de que estemos acostumbrados a hacer algo de una determinada manera, no tiene por qué ser necesariamente así.

P: ¿Puedes poner algún ejemplo?


R: Estamos acostumbrados a aprender matemáticas escuchando a un profesor que escribe en una pizarra y recurre a un manual repleto de fórmulas que representan conceptos abstractos. Pero sabemos que las matemáticas hablan, en última instancia, del mundo real.  Un mundo que es rabiosamente tridimensional.

P: ¿Quieres decir que deberíamos aprender matemáticas de otro modo?

R: ¿Por qué no? Nadie duda de la genialidad de Albert Einstein, ¿verdad?

P: Yo desde luego no.

R: Pues bien, la intuición clave para llegar, finalmente, a formular la teoría de la relatividad, proviene de un 'experimento mental' del científico de origen alemán.

P: ¿Y qué supuso ese experimento mental?

R: Einstein se imaginó a sí mismo viajando al lado de un punto que se movía a la velocidad de la luz, percatándose de que a él, desde su perspectiva, ese punto le parecería inmóvil.

P: Entiendo, pero el cerebro de Einstein era demasiado privilegiado para que algo similar pueda producirse en otros, ¿no?

R: Lo que sugieres es cierto, pero solo en parte.

Estoy seguro de que sabes que se ha estudiado su cerebro porque lo donó a la ciencia.

P: Sí, lo sé, pero no recuerdo qué se encontró.

R: Que, en general, su cerebro no tenía nada de especial, salvo en una región del cerebro situada entre los lóbulos occipital, temporal y parietal.

P: Eso encajaría con su famosa frase "pienso visualmente, no verbalmente".

R: Correcto. Pero ahora las condiciones han cambiado y lo que Einstein hacía espontáneamente podría ser quizá estimulado mediante el uso de nuevos desarrollos tecnológicos.

P: ¿A qué te refieres?

R: A que ese creativo pensamiento espacial podría ser estimulado contribuyendo a superar las limitaciones del acceso a la información relevante.

P: ¿Mediante dispositivos que presenten esa información en 3D?

R: Seguramente. Pero no solo que la presente con ese formato, sino que pueda ser también manipulada para comprobar los efectos que se producen.

P: Eso suena un poco a ciencia ficción...                                      


R: Muchas cosas que se pensaba eran imposibles se han demostrado realizables, tanto en la ciencia como en el desarrollo tecnológico.

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