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viernes, 10 de febrero de 2017

By The People (y el 15M)

En 2015 Charles Murray publicó este ensayo destinado a promover una revolución pacífica de la población en los Estados Unidos de América.

¿Contra qué o contra quiénes?

Contra un sistema que ha perdido el Norte (¿de América?) porque en lugar de promover lo que debe se dedica a hacerle la puñeta a los ciudadanos.

Este intelectual puede llegar a resultar cansino en su defensa libertaria, es decir, en su reiterado mensaje sobre la necesidad de minimizar la presencia del Estado en los asuntos privados de los ciudadanos (“the less government the better”).

En ‘By The People’ vuelve a la carga autodenominándose, esta vez, ‘Madisonian’.

En su entusiasmo reformador llega a proponer la creación de una institución (‘Pro Bono’) que ayude a los ciudadanos a defenderse del acoso del estado (Madison Fund). La rebelión no debe ser individual, sino colectiva. Los habitantes de USA que lleguen a la conclusión de que la actual coyuntura es ridícula y que se sientan literalmente amenazados por el Estado, deben poder recurrir a una organización privada que apoye y secunde sus legítimas reivindicaciones.

David debe defenderse de Goliat usando sus propios medios.

Atribuye el crecimiento exponencial de las regulaciones que gobiernan los más minúsculos detalles de la vida de la gente al ansia recaudatoria del Estado. Los representantes de los representantes (burócratas) han producido una sistema que no se distingue en lo esencial de los países más corruptos del planeta. Los Estados Unidos de América se han convertido, a efectos prácticos, en “una república bananera”. Se debe sobornar a los funcionarios y asesores legales para obtener los permisos necesarios para, por ejemplo, montar una pequeña o mediana empresa. Además, las miles de páginas de regulaciones permiten que sea siempre posible encontrar algún defecto que conlleve alguna clase de sanción económica.

El Estado se comporta como una cleptocracia, roba en beneficio de los gobernantes –en un sentido extenso, claro. Siempre existe algún motivo. Se negocia con las grandes compañías a las que se pilla en algún renuncio –realmente sencillo—para obligarlas a abonar una multimillonaria multa si desean evitar ir a los tribunales y exponerse a los usualmente carroñeros medios de comunicación.

Las arcas del Estado se van llenando para luego despilfarrar los dineros en absurdas políticas sociales, según Murray.

Además de su tendencia al saqueo más rastrero, el Estado se esclerotiza porque la sangre deja de circular por sus venas, peligrosamente obstruidas por las miles de normativas reguladoras.

El ensayo se divide en tres partes: dónde estamos, abriendo un nuevo frente y un momento propicio (para el cambio). En la primera parte se diagnostica el problema, en la segunda se sugiere qué se podría hacer según lo que ya se hizo y se clausura explicando por qué nos encontramos en un momento idóneo para que se obre el milagro y la sangre vuelva a fluir por el sistema.

Como es habitual en este intelectual, invita a recuperar la ilusión de la primera época de los USA (The American Project), eso que hizo de su país un lugar realmente especial del planeta:

Se puede liberar a los seres humanos como individuos, como familias y como comunidades para que vivan sus vidas como consideren oportuno, siempre que permitan el mismo margen de libertad a los demás, mientras el gobierno se limita a salvaguardar las reglas generales que ayudan a alcanzar ese objetivo”.

Y, por encima de todo, los ciudadanos norteamericanos deben alejarse del modelo europeo socialdemócrata.

Naturalmente, la complejidad del sistema desborda a los representantes legítimamente elegidos por los ciudadanos, y, por tanto, deben rodearse de cientos de asesores que, por supuesto, deben justificar su puesto (y sus elevados salarios). Una vez dentro del sistema es realmente difícil librarse de ellos porque actúa la famosa ‘puerta giratoria’. ¿Les suena de algo?

Esos asesores y burócratas complican el panorama porque esa estrategia les hace imprescindibles. Sin ellos, los políticos no saben qué hacer. Con ellos, los ciudadanos están perdidos. Las regulaciones son tan complejas que es imposible seguir el ritmo sin contratar a alguien que vele por los intereses de cada uno de los ciudadanos:

Los oficiales del gobierno federal no celebran que los ciudadanos vivamos honradamente y nos preocupemos de nuestros negocios. Al contrario, nos hacen saber que somos egoístas, avaros, racistas u homófobos, aunque no tengamos la más remota idea de por qué”.

¿Cuáles serían reglas sociales razonables?

1. Las reglas deberían limitarse a principios fácilmente comprensibles.
2. Las reglas deberían ser mínimas, sucintas y estar redactadas en ‘cristiano’.
3. Las reglas deberían prohibir actos intrínsecamente malos que perjudican a los humanos desde el principio de los tiempos: asesinato, homicidio imprudente, violación, asalto, robo, atraco, fraude, incendio provocado, destrucción de la propiedad privada y secuestro.
4. Las reglas debe ser descritas objetivamente y los castigos debe estar definidos con claridad.
5. Las agencias regulatorias deben limitarse a los casos que persiguen y a los cargos que imputan.
6. El sistema legal debe operar de un modo eficiente.
7. La desobediencia civil será inaceptable porque el sistema es sólido y actúa en beneficio de los ciudadanos.

Murray se muestra encantado con una analogía deportiva: “no harm, no foul”. Es decir, si se viola alguna regla, pero las consecuencias son invisibles, se debe hacer la vista gorda. Esa sería una estrategia para combatir la estupidez del estado regulador. Se debe permitir que los ciudadanos puedan jugar.

La Madison Fund que el autor propone tendría 3 funciones:

1. Defender a la gente inocente de los cargos que se le imputan.
2. Defender a la gente que es técnicamente culpable de violar alguna regla que no debería existir.
3. Generar tanta publicidad como sea posible para que los ciudadanos tomen conciencia de que comparten el acoso del estado (“el Estado se ha convertido en una amenaza natural similar a los incendios o a las inundaciones”).

Hacia el final de este estimulante ensayo, Murray sostiene que su país es muy heterogéneo desde sus orígenes, desde la llegada de los primeros ‘peregrinos’ (la semilla de Albión, es decir, Yankees, Quakers, Cavaliers y Scots-Irish). Sus primeras diferencias eran tan profundas como las que separan en la actualidad a los grupos étnicos que pueblan Norteamérica.

Reconoce que su sociedad se encuentra segregada y hay poco que hacer para fomentar la integración:

(Esa segregación) fue dirigida por la aparición de una nueva clase que surgió en los 80. Se le ha dado distintos nombres. Robert Reich les denominó ‘trabajadores simbólicos’; Richard Herrnstein y yo les llamamos ‘élite cognitiva’”.

La meta del autor es modelar el futuro, no recuperar el pasado.

Una vía regia para alcanzar esa meta es la tecnología. Discute cómo Amazon, Airbnb, Uber, y, por supuesto, las redes sociales, permiten liberar a la gente. Los modelos clásicos de negocio se están convirtiendo en tan escleróticos como el sistema regulador de los estados.

Por otro lado, le repugna la demagogia relacionada con los políticos y activistas sociales que proclaman que los ricos deben sostener a los pobres. Los ciudadanos situados en el cuartil superior de ingresos son quienes soportan casi el 90% de la carga del presupuesto del estado, pero distan de ser ricos. Son ciudadanos que, gracias a su esfuerzo, viven de un modo acomodado. Merecen una recompensa, no un castigo sistemático. El estado actúa de un modo mafioso con estos ciudadanos y eso es injusto.

Recuerda la posibilidad que desarrolló en una de sus anteriores obras (In Our Hands) para encontrar soluciones presupuestarias en una sociedad en la que se premia a las élites cognitivas (quienes manipulan símbolos) y en la que los trabajadores manuales cada vez lo pasan peor para encontrar una ocupación que les permita llevar una vida digna. Subraya lo ridículo que resulta que haya gente que no pueda vivir decentemente en un país tan rico como el suyo.

Por otro lado, y desgraciadamente, aunque los extremistas son una minoría se comportan como los protagonistas del panorama político. Considera Murray que la mayoría de los políticos –y de los ciudadanos—son centrados, pero se ven arrastrados a inclinarse hacia uno u otro lado para satisfacer las ansias de polarización. Debería evitarse ese destructivo error. Obviamente, lo que Murray denuncia para su país, vale para los europeos también, ¿verdad? Si deseamos huir de los extremos, debe notarse de alguna manera evidente. En lugar de inhibirnos, deberíamos exponernos.

En suma, concluye el autor de este ensayo:

Algunas de nuestras características no son valoradas por todos, pero yo las adoro todas. Nuestra apertura. Nuestra pasión por ir en cabeza. Nuestra pasión por averiguar qué hay detrás de la siguiente colina. Nuestro igualitarismo. Nuestro patriotismo. Nuestra buena vecindad. Nuestra energía. Nuestro orgullo. Nuestra generosidad. Y todo ello arropado por nuestro individualismo
(…) el gobierno federal se creó para cumplir una misión esencial: permitirnos vivir libremente y a nuestro aire, siempre que diésemos el mismo margen de libertad a los demás. Pero ha traicionado esa misión
(…) no me asusta un futuro en el que se haya perdido la grandeza de América. Me asusta lo cerca que estamos de perder nuestra alma”.

Bastante poético y evocador, no voy a negarlo.

Quiero finalizar esta reseña señalando que, como español y como europeo, me incomodan algunos de los clichés que usa Murray. Puedo vivir con ello, por supuesto, pero me satura, por ejemplo, que hable constantemente de ‘América’ al referirse a su país. Es posible que le convenga recordar que América es un continente que incluye muchos países. El suyo es uno de ellos, pero eso es todo. Perú, Argentina y Méjico son tan americanos como los USA, diantre.

En ese mismo sentido, es desazonador su uso del término ‘Latino’. Admite el crecimiento exponencial del número de ciudadanos provenientes de los países de Centroamérica y de Sudamérica, pero se niega a encajar que ese hecho puede modificar la intocable y excelsa cultura de los pioneros (la semilla de –la Pérfida—Albión). Celebra la diversidad de su país, pero mete en el mismo saco a esos ciudadanos. Son Latinos y no se hable más. Sobretodo no se mencione, aunque sea de pasada, que antes que los pálidos rostros de los pioneros estuvieron por aquellas tierras los mestizos del sur, a quienes se expolió de un modo impropio.

Por lo demás, lean, si pueden, este ensayo. Estoy seguro de que les resultará refrescante. Su llamada a que los ciudadanos recuperen el protagonismo que nunca debieron perder me recuerda a nuestro 15-M. Es una lástima que su luz se esté apagando por la oscuridad narcisista de quienes, sin pedir permiso, se han apropiado de su alma.

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